Gritos de amor
Cuando Cristo regrese al mundo, éste será dividido en dos bandos (ver Mateo 25:31-41), y eso no ocurrirá por la inalterable decisión de Dios, sino por la propia decisión de cada ser humano. El estar en un bando o en otro marca una gran diferencia y define perfectamente nuestra elección: la vida eterna o la muerte eterna. Cristo lo dijo en repetidas ocasiones. El Nuevo Testamento abunda en declaraciones del juicio final para bien (ver p. e. Mateo 25:21; Lucas 12:32; 2ª Timoteo 4:8), y para mal (ver p. e. Mateo 7:21-23; 13:41, 42; Juan 5:29; Hebreos 12:25, 28-29). Apocalipsis es claro en cuanto a los juicios de Dios, tanto los de absolución como los de condenación. Los textos no dan lugar a un posible error de interpretación, aunque para algunos, ciertos pasajes, especialmente del Antiguo Testamento, relacionados con los episodios de juicios divinos ejecutivos punitivos, puedan generarles algún que otro problema.Es cierto que la cultura hebrea creía que tanto lo bueno como lo malo procedía de Dios. Lo bueno, evidentemente siempre viene de lo alto (ver Santiago 1:17). Pero lo malo no viene de un Dios bueno. Cuando hablamos de lo malo, decimos que Dios permite que eso suceda, como por ejemplo las serpientes que muerden al pueblo de Israel (ver Números 21:4-9), las conquistas que el pueblo de Dios sufría a manos de sus enemigos (ver p.e.: Deuteronomio 28:47-51; Jeremías 25:11), etc. Estas cosas tenían un porqué; el pueblo se apartaba de Dios y Dios retiraba su protección para hacerles ver que sin él eran totalmente vulnerables.
Pero, ¿qué sucede cuándo parece que Dios interviene directamente en la muerte de una o varias personas o manda matar a un pueblo entero? Desde el diluvio universal (ver Génesis 6:5, 11-14), pasando por la muerte de todo primogénito en Egipto (ver Éxodo 12:29), y por la fulminante ejecución de los hijos de Aarón (ver Levítico 10:1, 2), y por la matanza del príncipe de Israel alanceado mientras copulaba con una mujer amalecita (ver Números 25:6-8), o el exterminio del pueblo amalecita (ver Números 31:1-20), sin olvidar al hombre que fue a recoger leña en sábado (ver Números 15:32-36), ni a los que adoraron al becerro y no se arrepintieron (ver Éxodo 32: 25-29), el temerario Uza (ver 2ª Samuel 6:6-8), los adolescentes que se burlaron de Eliseo y que fueron devorados por osos (ver 2ª Reyes 2:23, 24), hasta Ananías y Safira (ver Hechos 5:1-11), configuran una serie de relatos por demás impactantes e inquietantes.
Siempre me he preguntado porqué Dios ha revelado estos episodios con tanta claridad. Señor si tu eres amor, y no lo pongo en duda, ¿porqué has permitido que estos pasajes fueran escritos y desvelaran acontecimientos oscuros que pueden dar pie a malinterpretar tu carácter? La respuesta es sencilla: Si Dios no ha querido esconder estos textos es porque cree que son necesarios para que podamos tener una idea clara de su carácter. A Dios no se lo malinterpreta por estos pasajes. Y quien lo haga es que no ha visto el cuadro completo que está saturado por la muerte de Cristo en la cruz. Dios no quiere que lo vean como un Dios sanguinario y justiciero. Si realmente lo fuera, ya nos hubiera eliminado hace siglos. Pero Dios tampoco quiere que lo veamos como a un anciano tontorrón al que se le toma el pelo fácilmente. Y lo más paradójico de todo esto es que Cristo fue tratado sanguinariamente por salvarnos a nosotros, y que Dios el Padre, cual anciano indefenso (que no lo es en absoluto), no hizo nada para evitar la muerte de su Hijo porque, de lo contrario, no hubiéramos tenido ninguna opción de salvación.
Dios es amor, pero no es tonto ni ciego. Y como Dios es amor, tiene que actuar drásticamente para preservar el amor y la armonía. La obra de destrucción es una extraña obra para Dios (ver Isaías 28:11). Pero por extraña que sea para él, no la rehuye, porque a menudo ha sido y será inevitable ejercerla. Él siempre pone ante nosotros la advertencia que siempre ha caracterizado el mensaje de Dios: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30:19). La vida y la muerte, la justicia y el pecado, siempre contrapuestos aparecen continuamente en toda la Biblia. Y Dios grita y grita y grita al ser humano advirtiéndole para que vuelva a Él, para que abandone el pecado, para que sepa ver la realidad que le envuelve y de la que forma parte. Grita, y grita, y grita…
Dios no quiere que olvidemos que la paga del pecado es la muerte (ver Romanos 6:23) . Y que él, en ocasiones puntuales, ha adelantado el salario de la muerte en aquellos que lejos de arrepentirse iban a hundirse más y más en la impenitencia y el pecado. Y esta verdad queda claramente expuesta en el libro de Apocalipsis. Antes que Cristo regrese en gloria y majestad, y el mundo quede dividido en dos bandos, uno para vida y otro para muerte, Cristo dirá: “El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Apocalipsis 22:11). Esta declaración significa que no habrá nada más que pueda ser hecho en favor de aquellos que no quieran aceptar el perdón de Dios. A pesar de los ruegos, las súplicas, los gritos de advertencia, muchos permanecerán sordos a su amor, como sucedió antaño.
Cristo vino a buscar y a salvar a los pecadores (ver Lucas 19:10). Por eso Cristo intercede hoy por la raza pecadora (ver p.e.: Hebreos 4:14-16), y Cristo sigue llamando al ser humano al arrepentimiento (ver Romanos 2:4; Apocalipsis 3:19), es decir, a que tenga una relación de amor y amistad que genera vida y que nos cura de aquello que produce la muerte, el pecado. Y esto siempre fue así, incluso en aquellos que cayeron fulminados por el dedo de Dios. Aquellos a quienes Dios había estado gritando y gritando y gritando... No es que Dios los amara menos, no es que Dios tuviera un mal día, no es que Dios sea malinterpretado por el escritor bíblico acerca de lo que “en realidad no hizo”, porque él si lo hizo. Más bien es que Dios, conociendo los corazones de los hombres y después de haberles gritado y gritado y gritado, adelanta el salario del pecado para preservar el amor y la justicia, la paz y la armonía. Hubo una mujer, prostituta ella, llamada Rahab que fue capaz de escuchar el grito en ocasiones, y siempre el susurro de Dios (Hebreos 11:31). Su fe condenó a toda una generación de conciudadanos que no quisieron hacer lo que pudieron haber hecho: arrepentirse y aceptar al Señor. Eso fue, ni más ni menos, lo que hizo Rahab.
Estamos en el mes de las pagas extras, quien las tenga. No olvidemos, por tanto, que la segunda venida de Cristo es la “paga extra” más increíble que alguna vez recibiremos. Y no olvidemos que si esta paga todavía no ha sido una realidad es porque Dios nos ama tanto que quiere vernos vivos a su lado por toda la eternidad. Por eso Dios continua gritando a esta humanidad desorientada y maltrecha, por eso Dios continua gritándonos y advirtiéndonos, diciendo: “¡¡Vuélvete a mi, porque yo te redimí!!” (Isaías 44:22).
Si, Dios sigue gritando, susurrando, llamando… ¿puedes escucharlo?







